Fernando Fontenla Felipetti, Camino General Belgrano
Título:
Autor:
Tipo:
Páginas:
Camino General Belgrano
Fernando Fontenla Felipetti
Relato
127

Comprar con Mercado Pago
En caso de comprar con Mercado Pago, por favor remítanos sus datos a admin@ffontenla.com para hacer efectiva la entrega.

Etiquetas
   Camino General Belgrano, Quilmes, Berazategui, Florencio Varela, Cruce Varela, Monte Chingolo, Batallón de arsenales 601, 12 de Octubre, alimentación en base a papa, Stephen King, La zona muerta, Citroën CX, pasaje a otra dimensión, pasaje a otra realidad.


Camino General Belgrano - Fragmento:

   Subí la escalera sin ganas, escalón a escalón, pensando en quién habría sido el enfermo mental que había hecho esos escalones tan altos. Llegué a la terraza con las piernas temblando y el sol del verano dándome de lleno en la cara. Había un pequeño espacio de sombra que proyectaba un edificio cercano. Caminé hacia allí arrastrando los pies y apoyé la espalda contra la pared medianera. Luego me dejé resbalar sobre el revoque áspero hasta quedar sentado en el suelo, abracé mis piernas y metí la cabeza entre las rodillas.
   Estaba cansado, muy cansado.
   De todo.
   Años y años trabajando para que un buen día… chau hasta luego. Al principio me había sentido liberado. Con la indemnización me había comprado un auto para usarlo como remís, pero en cuanto me había dado cuenta de que la rentabilidad del asunto era nula me había puesto de un humor de perros, y ahí empezaron las discusiones, con la hija de puta primero y con la vieja después. Al poco tiempo una había desaparecido y la otra también, aunque de distintas maneras. La vieja se había ido derecho al cielo y la otra quién sabe… habría conseguido un gerente, o cualquier otro nabo que le revolotearan los billetes. La cruda verdad era que en cuanto yo había dejado de producir el consabido papel moneda ambas habían abandonado la nave más rápido que el comandante Schettino durante el hundimiento del Costa Concordia.
   La sombra del edificio se iba alargando. Hacía un par de horas que un pelado botón se había llevado el auto de mierda con tal cara de alegría como si se hubiera comprado una Ferrari. ¿Por qué estaba la gente tan alegre? ¿Fingían? Esas caras de payaso no podían ser otra cosa que fachadas para no dejar ver que eran unos losers igual que yo. ¡Perdedooorrr! Así me gritaba mi desaparecida esposa cada vez que venía del shoping y no había podido comprarse las vidrieras enteras.

    Igual yo tenía mi culpa. Había derrapado de forma metódica, la mayoría de las veces por actuar con desidia y apatía. Como buen hijo malcriado que era me había dejado llevar por una inercia nefasta de la que no había sabido salir.
   Ahora tenía en la mano una guita que sólo iba a servir para prolongar mi agonía durante unos pocos meses más. Hablando de naufragios, me sentía como el boludo que se había quedado último en el barco y que con el salvavidas puesto no se atrevía a tirarse al agua. O quizás no era eso, quizás no quería tirarme, quizás era mejor ver como las olas del mar me engullían mientras el casco se escoraba más y más, hundirme en el agua, mirar para arriba y ver las burbujas subir mientras la oscuridad me chupaba. Así había hecho la vieja, en un momento había dicho: basta para mí y chau, nunca más. Pero yo no tenía barco, ni siquiera una pileta a dónde tirarme, sólo esa terraza recalentada por el sol. ¿Y si me tiraba de cabeza a la vereda? ¿Sería como apagar el interruptor? No, no iba a funcionar. Mi panza era mucho más pesada que la cabeza, y si caía de panza seguro rebotaba. Vi los titulares en los diarios: «Se quiso suicidar y se salvó por un rebotón panzero». De última. Ahí me di cuenta de que no quería matarme. El que quiere matarse se tira y listo, no piensa, y yo estaba pensando y pensando como un loco, pensando sin parar. Con gran esfuerzo mental logré parar los pensamientos en seco por un instante y me concentré sólo en los hechos: tenía casa, si no pagaba los impuestos tenía comida para rato, y si no comía por un tiempo no pasaba nada porque tenía reservas en el panzer como para alimentar al barrio entero… la tele me andaba, el cable me colgaba del vecino, si me cortaban la luz podía engancharme…
    Tan mal no estaba.
    Y estaba solo.
    Tranquilo.
    La pregunta inmediata posterior fue: ¿Seré capaz de ser tan estúpido como para volver a caer en la trampa? ¿En la trampita de la parejita feliz? Seguro que sí. De todas formas mi gordura desbordante era un buen impedimento se me acercara alguien, fuera mujer, hombre, o bestia. Aunque adelgazar podía, sabía cómo hacerlo, y ya lo había hecho otras veces aunque nunca antes hubiera llegado a los ciento quince como ahora. El problema para adelgazar era que había que tener ganas, y yo no tenía. Mis ganas sólo llegaban hasta tragar papas fritas y mirar una película. Y ahí me sentí algo mejor, por lo menos tenía ganas de algo. Miré el reloj, eran las seis de la tarde. Hora perfecta para papas fritas.
    Levanté el brazo hasta que los dedos tantearon el borde de la pared y tiré con fuerza mientras los tendones de las piernas se me ponían tensos como las cuerdas de un contrabajo afinado dos octavas más arriba de lo normal. El otro brazo también logró alcanzar el borde de la pared. Con un esfuerzo de logística muscular descomunal, y grito de Sansón de por medio, logré la ansiada posición bípeda. Al simio le había costado menos bajar de los árboles y correr por las sabanas del Kalahari. Sentí el mareo que venía y la vista se iba; bajada de presión, siempre me pasaba. Sólo tenía que esperar que el sistema se autocompensara. «Sistema nave nodriza panzer autocompensando». Por ahora eso me funcionaba.
    Cuando el color violeta desapareció de mi vista distinguí en la ventana de un edificio vecino a un hombre que me observaba. El edificio estaba a unos treinta metros de distancia de mi casa, casi justo en el centro de la manzana. Lo llamativo era que el hombre me sonreía de oreja a oreja, y para peor en ese preciso instante levantaba una mano y me saludaba. ¡Qué viejo boludo! Vamos a darle el gusto. Alzé la mano y la sacudí con gesto buslesco.
   –¡Andá a cagar vos y tu saludo! ¡Me voy a comer las papas fritas! –dije levantando la voz para que el viejo me escuchara. Sin embargo movió la mano con más entusiasmo como si le hubiera dedicado un saludo cordial.
   Bajé la escalera y entré en la cocina. Debajo de la pileta había papas de vaya a saber cuándo. ¿Las había comprado la vieja o la hija de puta? No importaba, en todo caso eran papas igual, ya fueran viejas o hijas de puta. Metí la mano y empecé a ponerlas sobre la mesada, parecía que estaban buenas. Al buscar el pelapapas no lo encontré… cierto: las mujeres pelan con cuchillo… y desperdician media papa. Al pensar en eso noté como el calor me subía por el cuello. ¿Por qué tenían que seguirme afectando si ya no estaban ninguna de las dos? Porque era un boludo mental como el viejo ese de la ventana, saludando cómo si lo conociera de toda la vida. ¿Lo conocía? Yo al viejo no, ¿pero el viejo a mi? Podía ser. Traté de imaginarme a que casa de la calle lateral pertenecía la ventana del viejo, pero no lo tuve claro. La mente se me quedó en blanco un momento y luego volvió a encarrilarse: el pelapapas, sí, ahí era a donde tenía que ir.
   Salí a la calle sin que esta vez me importaran esas miradas que antes siempre me enfurecían: «¡Ahí va el gordo asqueroso!» Me crucé con un par de minas con tentadoras remeras ajustadas pero ni las miré. Basta, estaba harto hasta de mirar tetas, sólo quería las papas y dormirme en el sillón. Por suerte en el bazar no había nadie, lo cual era lógico porque ahí se vendían cosas que te hacían trabajar, como los utensilios de cocina. En otra época los bazares estaban todos llenos de viejas, ahora nadie quería trabajar, y las viejas menos. Vi el cartel top del año 2016 en neón naranja: TODO DELIBERY...