EL ACANTILADO

EL ACANTILADO



El acantilado, Fernando Fontenla Felipetti
El acantilado, Fernando Fontenla Felipetti
El acantilado, Fernando Fontenla Felipetti
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El acantilado
Fernando Fontenla Felipetti
Relato
25

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El acantilado - Fragmento:

Elena cargó unas pocas cosas en el auto y salió a la ruta. Nunca había viajado en soledad hasta Miramar y temía que el viaje le resultara tedioso. Desde la inmobiliaria que administraba las propiedades le habían dicho que esta vez no podían ocuparse de la limpieza. La causa: la epidemia de COVID19. Ante su insistencia, el dueño de la inmobiliaria le había contado que sus empleados ya se habían contagiado, que la gente que se dedicaba a la limpieza escaseaba, y que el personal que podía llegar a conseguir no era de su confianza. Elena había pensado en cortar por lo sano y decirle al cliente que no podía alquilarle la casa, pero después, en un extraño momento de lucidez, había llamado al cliente y le había dicho que la casa estaría lista para el día en que él la quería. La idea que se le había cruzado por la cabeza, era que ella misma podía ir a limpiar y acondicionar la casa.

Mientras avanzaba por la ruta, fue repasando mentalmente las tareas que tenía que hacer al llegar. Lo primero era comprobar que hubiera energía eléctrica. A veces durante el invierno se producía algún desperfecto, y como nadie reclamaba, la compañía eléctrica no lo reparaba. Lo segundo era verificar que saliera agua de las canillas, no sería la primera vez que el caño que venía del tanque se tapaba. También tenía que asegurarse que las dos garrafas de gas estuvieran llenas. Después tenía que comprobar que los insectos no hubieran invadido la casa. Las hormigas solían afincarse en los muebles de la cocina y las avispas hacían sus nidos debajo de los aleros. Y también había una probabilidad más desagradable: en una oportunidad unos inquilinos habían dejado comida adentro de la heladera y el cable de la misma desenchufado. Elena deseó no tener que encontrarse con ese panorama.

Sabía que especular con todas esas cuestiones no le traería ninguna tranquilidad durante el viaje, pero no pudo evitarlo, hasta que no llegara y se encontrara frente a frente con la realidad no se quedaría tranquila.

Qué diferentes habían sido las cosas cuando aún vivía su padre. Él viajaba a Miramar varias veces al año y mantenía la casa en buenas condiciones. Ella solía acompañarlo, pero esas oportunidades se habían ido espaciando en el tiempo hasta que desaparecer por completo.

Qué difícil era apreciar las cosas cuando una era joven. Había tantas pavadas con las que dejarse deslumbrar. Ahora sentía que había dejado pasar de largo lo importante demasiadas veces.

Intentó recordar cuantos años hacía que no iba a Miramar pero no lo logró. Sólo recordaba que cuando había vuelto después de la muerte de su padre había sido decepcionante, tanto que a partir de ese entonces, habían decidido alquilar la casa. Miramar sin Don Tito era como una pileta de natación sin agua: el sol resquebrajaba la pintura y los pastos crecían entre las grietas. No tenía sentido. Entonces recordó que en ese último viaje estaba embarazada de su hijo mayor. Eso quería decir que había sido en el verano de 1999.

Casi 22 años. ¿Podía haber pasado tanto tiempo?

Sin darse cuenta había avanzado unos cuantos kilómetros y delante de ella estaba el peaje de Samborombón. Pagó y siguió.

Al mirar por el espejo vio la estación de peaje quedándose atrás. Se le ocurrió pensar que la estación de peaje era como ese presente efímero que estaba viviendo, que en escasos segundos se hacía chiquito hasta desaparecer. Lo que tenía por delante, agrandándose, era el pasado, porque Miramar era un tiempo olvidado que ahora quería recordar. En primer lugar le vino a la mente aquel último año en que su padre estaba vivo, y luego fue aún más hacia atrás, año tras año, viéndose y viendo a los demás cada vez más jóvenes. Fantaseó con la idea de que cuando llegara Miramar encontraría la ciudad tal como era cuando ella era niña, como si de verdad pudiera hacer retroceder el tiempo, como si esa ruta hipnótica de líneas blancas intermitentes pasando y pasando, la pudiera llevar hacia aquella infancia dorada en donde no existía ese progresismo mal entendido que dice que todo lo viejo es malo y que todo lo nuevo es mejor. Entonces de a poco la embargó una extraña sensación que creía perdida desde hacía largo tiempo: entusiasmo. Por alguna razón estaba entusiasmada por volver a Miramar.

Una luz de color naranja se encendió en el tablero de auto y la sacó de sus pensamientos. Tenía que cargar combustible. Paró en Dolores y aprovechó para bajarse del auto a desentumecer las piernas. Sin embargo a los pocos minutos sintió la necesidad de continuar, como si hubiera algo que no podía esperar, como si algo estuviera a punto de desaparecer y ella tuviera que llegar antes de que dejara de existir del todo.

—Calma —se dijo a sí misma, y entró en la estación de servicio para comprar una bebida.

Al reemprender la marcha apagó el aire acondicionado y movió la mano derecha hacia los controles que estaban entre los asientos para abrir las cuatro ventanillas. Quería sentir el aire, conectarse con el exterior y salir de las ensoñaciones que la estaban abrumando. Eran las cinco de la tarde y el sol aún pegaba fuerte. Cuando la bocanada de aire caliente entró en el habitáculo también le trajo el olor a pasto y a bosta de vaca que perfumaba aquellos viajes de los años setenta y ochenta, cuando sólo los autos más caros tenían aire acondicionado.

A las siete y media entró en Mar del Plata. Rodeó la ciudad y pasó por el puerto. Desde allí viajó junto al mar done el aire estaba fresco de verdad, olía a sal, a yodo, y a pinos. Bajó la velocidad y aspiró profundo. ¿Qué más se podía pedir? Su estómago le respondió: se podía pedir un alfajor de chocolate blanco y nuez, de esa marca que en aquella época sólo se podía comprar en Mar del Plata o sus alrededores.

Al pasar frente a la unidad turística de Chapadmalal y ver los grandes hoteles abandonados, tuvo una intensa sensación de dejá vu. Ya había pasado por allí en otra vida. Se vio a sí misma con otra ropa, en otro auto. Los hoteles relucían y bullían de actividad. Los estacionamientos estaban llenos de Fiats 600, Dodges 1500, Taunus, y como no, Torinos. Pero como todo dejá vu sólo duró un instante, pero la sensación de extrañeza, de estar fuera de lugar, había sido dulce y perduró durante más tiempo. Trató de saborearla tal como había sabido hacer con el sabor de los alfajores que de chica sabía hacer durar bastante más que una merienda.

Cuando divisó a lo lejos los edificios de Miramar, revivió la emoción que solía sentir cuando pasaba por ese mismo lugar a los ocho, diez u once años. Esa emoción infinita de estar a punto de llegar al lugar soñado. Se preguntó cuánto quedaría de todo eso ahora e intuyó que cuando llegara y encontrara todo cambiado se defraudaría. Para confirmar su mal presagio, una nube que hacía rato venía acercándose desde el oeste, empezó a descargar un chaparrón y la obligó a cerrar las ventanillas. En un minuto el día soleado se había vuelto gris y monótono. Encendió el limpiaparabrisas y se concentró en la ruta. Sólo le restaban cinco kilómetros para llegar. La lluvia y el viento arreciaron, y los edificios de Miramar desaparecieron de la vista. A la izquierda, el mar que hasta hacía un momento estaba azul y calmo, ahora empezaba a mostrar crestas espumosas. Después de pasar una duna, vio a una mujer parada en el borde del acantilado, con los brazos abiertos frente al mar. El viento soplaba desde su espalda y hacía flamear su vestido negro con violencia. Otras personas corrían a sus vehículos para protegerse de la tormenta, pero la mujer permanecía allí, estoica a pesar de la inclemencia de las condiciones meteorológicas.

Pronto dejó de ver a la mujer, pero su pensamiento se quedó con ella. ¿Qué estaría haciendo? ¿Qué la motivaba a quedarse bajo la lluvia? ¿Estaría rezando, implorando al cielo o al dios del mar? Entonces una idea funesta le cruzó la mente: se estaba por suicidar. Sí, ¿qué otra cosa podía ser? La mujer de negro se estaba por suicidar. Estaba esperando a que toda la gente se fuera de la playa, y cuando se encontrara sola saltaría, con suerte al mar, y si no, hacia las rocas que la esperaban más abajo...

 

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