LA CURVA DE LAS HIGUERAS

LA CURVA DE LAS HIGUERAS



Veinte piezas... de mil
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La curva de las higueras
Aldo Stukamaro
Relato
36



La curva de las higueras - (Fragmento)

Después de pasar horas en total oscuridad, empecé a distinguir las siluetas de quienes caminaban a mi lado. El cielo se fue tornando de un color azul pálido que me permitió distinguir las montañas dibujadas a la izquierda y un mar sereno a la derecha. Entonces aparecieron los colores y el nuevo mundo cobró vida.

Nunca había llegado tan lejos de mi casa. ¿Volvería? La abuela me había dicho que no lo hiciera, que no regresara nunca más. Sin embargo, en ese momento supe que algún día tendría que contrariarla. La única razón por la que uno debería irse tan lejos es para poder volver.

El sol despuntó casi justo frente al camino, sobre el mar. Poco más adelante me subí a una roca y miré hacia atrás.

Lo primero que me sorprendió fue no ver Málaga. La ciudad estaba cubierta por una especie de bruma que difuminaba sus contornos. ¿O sería humo? Era imposible saberlo a esa distancia. Miré a la carretera. El río de gente era interminable. La costa describía la suave curva de una bahía y se podía ver al menos hasta diez kilómetros de distancia. Todos esos kilómetros estaban ocupados por miles y miles de personas que avanzaban hacia donde yo estaba.

Un hombre salió de la multitud y subió a la misma piedra que yo, pero en vez de mirar hacia atrás, se puso la mano en la frente a modo de visera y enfrentó al sol. Estaba claro que a ese hombre le importaba más hacia dónde íbamos que de dónde veníamos. Bajó la vista, sacó un reloj del bolsillo y lo miró.

—¿Qué hora es? —le pregunté.

Me observó como si hasta ese momento no se hubiera percatado de mi presencia.

—Las siete y media —me dijo. Bajó de la piedra y continuó andando. Lo seguí con la mirada hasta que, cuando ya casi lo había perdido de vista, se detuvo. Se dio vuelta, retrocedió esquivando a las personas que avanzaban en sentido contrario y volvió a subir a la piedra.

—¿Dónde están tus padres? —me preguntó.

—No lo sé.

—Entonces estás perdido.

—No, estoy solo.

—Vale, no quiero saber más, pero te voy a recomendar una cosa. Camina. Camina lo más rápido que puedas y lo más lejos posible. Quedándote aquí mirando hacia atrás no resolverás nada. ¿Has entendido?

—Sí —contesté, y pensé que ese era un consejo muy parecido al que me había dado mi abuela.

El hombre saltó de la roca y me extendió la mano para ayudarme a bajar. La acepté. Cuando caí a tierra no me soltó la mano, y me la sacudió de arriba a abajo a modo de saludo.

—Antonio Reyes, para servirte —me dijo.

—Gabriel Álvarez García, un gusto conocerlo —contesté—. ¿Puedo ir con usted?

—Puedes caminar a mi lado, pero tendrás que ser rápido. A ver si llegamos al pueblo antes de que esta horda acabe con todo.

Resultó que el paso de Antonio era algo más que rápido, lo que me obligó a correr un poco cada cierto tiempo para no perderlo. Adelantábamos a casi todos y no era para menos, parecía que éramos los únicos que no llevábamos equipaje. Hasta los niños cargaban bultos pesados. Poco después atravesamos un puente a cuyo lado había un cartel que decía: «Río de Vélez».

Al entrar en Torre del Mar, Antonio se desvió de la carretera por una calle perpendicular y dos manzanas más adelante entró en un bar. Detrás de la barra un hombre se esforzaba en atender a varias personas al mismo tiempo. Al ver entrar a Antonio levantó los brazos.

—¡Hombre! —gritó—.  ¡Ya  pensábamos que no íbamos a verte más por aquí!

—Todavía no os habéis librado de mí. ¿Tenéis café?

—¡Qué va! Se lo han bebido todo.

El hombre me señaló.

—Tengo leche para el niño si quieres —dijo.

En el otro extremo de la barra una mujer servía leche a los niños que esperaban formando una fila. Cada uno traía su propio cuenco, que la mujer llenaba de una jarra aún humeante. Algunos de los padres de los niños intentaban pagar, pero la mujer los despachaba sin cobrarles nada. El hombre del bar miró a su mujer y luego a Antonio.

—Así no vamos a durar mucho —dijo.

—Puede que de todos modos nadie dure —le contestó Antonio.

El hombre llenó un vaso de leche y me lo pasó a través de la barra. Luego cortó dos panes a la mitad y les puso un trozo de queso entre ellas.

Probé la leche. Estaba tibia y espesa, costaba mucho hacerla pasar por la garganta, pero no quería rechazarla y parecer descortés. Fui bebiéndomela a pequeños sorbos.

—Me queda medio jamón, pero sabrás entender que me lo guarde para mí —dijo el hombre.

Antonio hizo un gesto con la mano.

—No me tienes que dar explicaciones, Juan —dijo—. Pero yo, si fuera tú, iría pensando en cerrar pronto. ¿Has visto lo que viene por la carretera?

Juan contempló azorado como la gente se empezaba a apretujar en la puerta. La fila de niños crecía más rápido de lo que su mujer llenaba los vasos. Antonio puso dos monedas sobre el mostrador.

—Cierra, hombre, mientras puedas, que esto no da para más —Antonio tomó los panes con queso y me miró a mí, que aún estaba intentando pasar la leche—. Deja eso y vámonos —me dijo—. No nos conviene retrasarnos.

En ese momento la mujer anunció que le leche se había acabado. Tomé el vaso de leche, que aún estaba por la mitad, y se lo di a uno de los niños.

Mientras íbamos hacia la salida vi que había un almanaque en la pared y me paré a mirar la foto de la parte superior.

Era una imagen de La Malagueta tomada desde lo alto de Gibralfaro. En primer plano se veía la plaza de toros, y más allá las calles y las casas del barrio. Luego bajé la vista hacia abajo. Allí estaban desplegados los días de Enero y Febrero de 1937.



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