LA FOTOGRAFIA

LA FOTOGRAFÍA



La fotografia, Fernando Fontenla Felipetti
La fotografia, Fernando Fontenla Felipetti
La fotografia, Fernando Fontenla Felipetti
Título:
Autor:
Tipo:
Páginas:
La fotografía
Fernando Fontenla Felipetti
Relato
21

Sevenlights es un comercio electrónico donde podrá acceder a la descarga del libro electrónico en formatos PDF y EPUB. Puede pagar mediante Mercado Pago para compras desde Argentina y mediante PayPal para compras desde cualquier país.



La fotografía - Fragmento:

Desperté en la oscuridad. El aire estaba fresco y olía a pinos. No sabía dónde estaba, pero no me preocupé porque intuía que el amanecer estaba cerca.

Y así fue, a los pocos minutos empecé a distinguir una ligera penumbra.

Tal como mi olfato me había anunciado, me encontraba en un bosque de pinos. Pensé que podía estar en Mar de las Pampas, y me agaché para tocar el suelo, pero no encontré arena. Empecé a caminar entre los árboles y a poco de andar vi las típicas luces del alumbrado público. Avancé en dirección a ellas y me encontré con una calle asfaltada que atravesaba el bosque. Estaba claro que no me encontraba lejos de un lugar poblado.

Miré hacia un lado y hacia el otro. La calle describía una suave curva que no me permitía ver más allá de cien metros. Hacia la izquierda subía, y hacia la derecha, bajaba. Me decidí por la derecha, porque si había algún pueblo, ciudad o barrio, era más probable que estuviera hacía abajo y no en la cima de una colina.

La luz del ambiente fue aumentando y el frío también. Entonces descubrí la razón de que no supiera donde estaba ni como había llegado hasta allí. Estaba en un sueño. Y en los sueños nunca hay explicaciones de cómo suceden las cosas: simplemente suceden. Pensé que me despertaría, tal como siempre pasa cuando somos conscientes de que estamos soñando, pero hice un esfuerzo por quedarme, por mantenerme allí, porque no quería irme de ese sueño, no al menos hasta que supiera en dónde estaba. Estaba convencido de que ese lugar era real y quería saber cuál era. Me concentré en el suelo que pisaba y en el aire fresco que aspiraba, y me quedé.

La calle continuaba cuesta abajo en un largo giro a la derecha que parecía no terminar nunca, hasta que al fin se acabaron los pinos y me encontré ante un gran espacio abierto. Delante había una especie de risco o acantilado y, al acercarme al borde, vi que debajo había una ciudad. Era una ciudad mediana, que calculé de unos doscientos mil habitantes. La calle por la que había llegado dejaba de girar y se ponía en paralelo al borde del risco, transformándose en un camino panorámico. Sobre el lateral que daba hacia la ciudad había una vereda y una baranda. Caminé por la vereda, entusiasmado con el paisaje que se me ofrecía, intentando encontrar algún indicio que me indicara donde me encontraba.

Poco más adelante la baranda se interrumpía durante unos cuantos metros. ¿Podría ser el comienzo de una escalera? Al llegar allí comprobé que casi había acertado. El corte de la baranda lo provocaba el comienzo de una rampa peatonal que descendía el risco haciendo cuatro zigzags hasta llegar abajo. Me lancé cuesta abajo al trote, cada vez más impaciente por saber en dónde estaba.

La rampa desembocó en una avenida de cuatro carriles en la que había mucho tránsito. Parecía ser la típica hora en que todo el mundo sale apurado para ir a trabajar. Observé los autos, intentando identificar los modelos para poder orientarme acerca de en qué país me encontraba. Pronto vi una marca: FIAT, aunque nunca había visto ese modelo en particular. Hacia la derecha los edificios aumentaban en altura y caminé hacia allí suponiendo que en esa dirección estaría el centro de la ciudad.

Vi venir a tres muchachos charlando en sentido contrario. Sólo tenía que acercarme a ellos y escucharlos hablar. De acuerdo a lo que oyera, podría tener una idea de dónde estaba. Esperé oír un idioma irreconocible, sin embargo varias palabras en español llegaron a mis oídos. Incluso llegué a distinguir el acento. Estuve casi seguro de que estaba en Perú o en Ecuador.

El sol, que salía por detrás de la colina desde la que había descendido, me indicaba en qué dirección se encontraba el este. Hacía allí también estaban las montañas más altas que rodeaban la ciudad. Todo coincidía: los Andes estaban hacia el Este. Sólo me quedaba averiguar en qué ciudad estaba. Me lo tomé como un juego, decidí no preguntar y encontrar la respuesta por mí mismo. Además, me sintiendo cómodo. Todo era agradable: la temperatura, la luz suave del sol que le daba a las cosas unos colores cálidos y neutros, como los de las primeras películas en color.

Fui entrando en una zona de construcciones más antiguas. El típico centro histórico. Sin embargo, la arquitectura no parecía la tradicional colonial española, el estilo era extraño, ambiguo, más alpino. ¿Habría sido apresurado mi diagnóstico? Decidí seguir mirando. Después de todo, y sabiendo que la gente hablaba mi idioma, siempre tendría la posibilidad de preguntar.

La avenida terminó en una pequeña plaza. Desde allí partían varias calles angostas por las que no circulaban vehículos. Medité que rumbo seguir durante un momento y me decidí por una callejuela que iba hacia el oeste, ascendiendo otra colina. Me gustó porque, al fondo, a unos trescientos metros de distancia, se veía un monumento. Caminé sobre un pavimento de piedras muy antiguo y sin veredas. A medida que me acercaba al final de la calle, vi que el monumento constaba de un gran cañón de artillería con sus tres operarios a punto de cargar una bala. Al llegar, di una vuelta alrededor de la mole, que estaba en medio de una plazoleta y rodeada por una cadena. Busqué alguna inscripción que me diera más datos acerca de la escena. Me sentí frustrado cuando encontré el lugar liso y vacío en donde en algún momento debía de haber estado la placa. Al final, tendría que preguntar, no me quedaba más remedio, aunque allí no había nadie. La gente caminaba por la vereda de en frente sin acercarse al monumento ni

En ese momento me di cuenta de que llevaba algo bajo el brazo. Era el portafolio que todos los días llevaba al trabajo. Lo raro era que no había notado su presencia antes, aunque ahora eso no me importaba, porque lo importante era que allí dentro estaba mi teléfono… y con el teléfono podía sacar una foto.

Con esa foto luego podría demostrar y, sobre todo, demostrarme a mí mismo, que realmente había estado en ese lugar soñado.


Etiquetas:
atrapar el sueño en una foto, barco hundiéndose, cámara de fotos, despertar en un lugar extraño, mirador a la ciudad, monumento al cañón, sueño demasiado real