LA FOTOGRAFIA

LA FOTOGRAFÍA



La fotografia, Fernando Fontenla Felipetti
La fotografia, Fernando Fontenla Felipetti
La fotografia, Fernando Fontenla Felipetti
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La fotografía
Fernando Fontenla Felipetti
Relato
25


Etiquetas
Sueños, cámara de fotos, barco hundiéndose



La fotografía - Fragmento:

Desperté en la oscuridad. El aire estaba fresco y olía a pinos. No sabía dónde estaba pero no me preocupé porque estaba seguro de que la luz estaba por llegar. Y así fue, a los pocos minutos empecé a distinguir una ligera penumbra.

Tal como mi olfato me había anunciado me encontraba en un bosque de pinos. Pensé que estaba en Villa Gesell o en Mar de las Pampas, y me agaché para tocar el suelo pero no encontré arena. Empecé a caminar entre los pinos y a poco de andar empecé a ver las típicas luces del alumbrado público. Avancé en dirección a las luces y al llegar a ellas me encontré en una calle asfaltada que atravesaba el bosque. Pensé que si había asfalto no debía encontrarme demasiado lejos de un lugar poblado. Miré hacia un lado y hacia el otro. La calle describía una suave curva que no me permitía ver más allá de cien metros. Hacia la izquierda subía y hacia la derecha bajaba. Me decidí por ir hacia la derecha porque si había algún pueblo, ciudad o barrio, era más probable que estuviera hacía abajo y no en la cima de una colina. La luz del ambiente fue aumentando y el frío también. Entonces descubrí la razón de que no supiera donde estaba ni como había llegado hasta allí. Estaba en un sueño. Y en los sueños nunca hay explicaciones de cómo suceden las cosas, simplemente suceden. Pensé que lo más probable era que me despertara, como siempre pasa cuando somos conscientes de que estamos soñando, pero hice un esfuerzo por quedarme, por mantenerme allí, porque no quería irme del sueño, no al menos hasta saber en dónde estaba. Intuía que ese lugar era real y quería saber cuál era. Me concentré en el suelo que pisaba y en el aire fresco que aspiraba, y me quedé.

La calle continuaba cuesta abajo en un largo giro a la derecha que parecía interminable, hasta que al fin se acabaron los pinos y me encontré ante un gran espacio abierto. Delante había una especie de risco o acantilado y al acercarme al borde vi que debajo había una ciudad. Era una ciudad mediana, que calculé de unos doscientos mil habitantes. La calle por la que había llegado dejaba de girar y se ponía en paralelo al borde del risco, transformándose en un camino panorámico. Sobre el lateral que daba hacia abajo había una vereda y una baranda. Caminé por la vereda entusiasmado con el paisaje que se me ofrecía, intentando encontrar algún indicio que me indicara donde me encontraba.

Poco más adelante vi que la baranda se interrumpía durante unos cuantos metros. ¿Podría ser el comienzo de una escalera? Al llegar a ese lugar comprobé que casi había acertado. El corte de la baranda lo provocaba el comienzo de una rampa peatonal que descendía el risco haciendo cuatro zigzags hasta llegar abajo. Me lancé al trote cuesta abajo, cada vez más impaciente por saber en dónde estaba.

La rampa desembocó en una avenida de cuatro carriles por la que pasaba un intenso tránsito. Parecía ser la típica hora en que todo el mundo sale apurado para ir a trabajar. Observé los autos intentando identificar los modelos para poder orientarme acerca de en qué país podía encontrarme. Pronto vi una marca: FIAT, aunque nunca había visto ese modelo en particular. Hacia la derecha los edificios aumentaban en altura y caminé hacia allí suponiendo que en esa dirección estaría el centro de la ciudad.

Empecé a cruzarme con gente que caminaba absorta mirando sus teléfonos. Tres muchachos se acercaban charlando en sentido contrario. Sólo tenía que acercarme a ellos y escucharlos hablar, de acuerdo a lo que oyera, podría tener una idea de donde estaba. Esperé oír un idioma irreconocible, sin embargo varias palabras en español llegaron a mis oídos, hasta incluso llegué a distinguir el acento. Estuve casi seguro de que estaba en Perú o en Ecuador.

Por la posición del sol, que salía por detrás de la colina desde la que había descendido, deduje que en esa dirección estaba el este. Hacía allí también estaban las montañas más altas que rodeaban la ciudad. Todo coincidía. Los Andes al Este y hacia el Oeste estaría el océano. Sólo me quedaba averiguar en qué ciudad estaba. Me lo tomé como un juego, decidí no preguntar y encontrar la respuesta por mí mismo. Además, me estaba gustando el paseo. Todo era agradable: la temperatura, la luz suave del sol que le daba a las cosas unos colores cálidos y neutros, como los de las primeras películas en color

Poco a poco fui entrando en una zona de construcciones más antiguas. Era el típico centro histórico. Sin embargo la arquitectura no parecía la tradicional colonial española, el estilo era extraño, ambiguo, más alpino. ¿Habría sido apresurado mi primer diagnóstico? Decidí seguir mirando, después de todo y sabiendo que la gente hablaba mi idioma, siempre tendría la posibilidad de preguntar.

La avenida terminó en una pequeña plaza. Desde allí partían varias calles angostas por las que no circulaban vehículos. Medité que rumbo seguir durante un momento y me decidí por una callejuela que iba hacia el oeste ascendiendo otra colina. Me gustó porque al fondo, a unos trescientos metros de distancia, parecía haber un monumento. Caminé sobre un pavimento de piedras muy antiguo y sin veredas. A medida que me acercaba al final de la calle, vi que el monumento constaba de un gran cañón de artillería con sus tres operarios a punto de cargar una bala. Al llegar di una vuelta alrededor de la mole, que estaba emplazada en una plazoleta y rodeada por una cadena. Busqué alguna inscripción que me diera más datos acerca de qué se trataba la escena. Me sentí frustrado cuando encontré el lugar liso y vacío en donde en algún momento debía de haber estado la placa. Al final tendría que preguntar, no me quedaba más remedio, pero allí no había nadie. La gente caminaba por la vereda de en frente sin acercarse al monumento, ni siquiera mirarlo, como suele hacerse con las cosas que están siempre ahí y que no pueden irse a ninguna parte.

Me asomé por una de las calles que bajaban hacia el otro lado de la colina, caminé algunos pasos y me encontré en la entrada de un pintoresco parque por el que corría un arroyito. Era un lugar muy interesante para recorrer pero primero tenía que saber en qué lugar estaba. Regresé al monumento y entonces me di cuenta que llevaba algo bajo el brazo. Era el portafolio que habitualmente llevaba para trabajar. Lo raro era que no había notado su presencia hasta ese momento, pero ahora eso no me importaba, lo importante era que allí dentro llevaba mi teléfono… y con el teléfono podía sacar una foto.

Con esa foto luego podría demostrar, y sobre todo demostrarme a mí mismo, que realmente había estado en ese lugar soñado...

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