LA LÍBIDO, DIOS, Y EL NEXO ENTRE LOS PARADIGMAS

LA LÍBIDO, DIOS, Y EL NEXO ENTRE LOS PARADIGMAS


Por Carrie Hemsley

LA LÍBIDO, DIOS, Y EL NEXO ENTRE LOS PARADIGMAS
LA LÍBIDO, DIOS, Y EL NEXO ENTRE LOS PARADIGMAS

Si tal como nos dijo Freud, decimos que la líbido es la energía sexual, nos encontraremos ante una explicación simplista. La líbido no es sólo energía sexual pura, es bastante más que eso, porque en tanto energía humana, es una energía reglada, compleja, puesta en palabras, llena de signos y cargada de deseos. 

En la teoría de Freud la líbido es la energía que nos impulsa, originada en el instinto animal. Sin embargo esta explicación, por simple lógica, no abarca a toda la energía que impulsa al ser humano. Y aquí nos encontramos en el principio de por qué Freud nunca logró cerrar por completo su teoría del aparato psíquico. Lo intentó en sus últimos escritos sin éxito, por lo que estos terminaron decantando en pesimismo respecto del ser humano en general.

Luego Lacan dio varios pasos más allá pero sin salir del universo de Freud. Quizás aún no era el momento para dar un salto de paradigma y quizás aún hoy no lo sea. Pero sí le podemos dar a Lacan el mérito de brindarnos las preguntas correctas para dar ese salto. Esas preguntas aún están sin respuesta.

Si hiciéramos un paralelismo con la física, podríamos decir que Freud sería Newton y Lacan el que más cerca estuvo de ser Einstein, aunque no lo logró ni lo pretendió. Sólo nos señaló los huecos que aún tenía el estudio de la psiquis humana, y quizás por eso hoy la psicología es la ciencia de las preguntas. No hay certezas. Falta un elemento constitutivo aún no conocido.

Es como si poco después de Newton alguien hubiera llegado y nos hubiera mostrado en que ciertas situaciones la física de Newton falla, pero sin poder llegar siquiera a intuir la existencia de la relatividad.

El descubrimiento del aparato psíquico es uno de los más grandes avances de la humanidad, pero cuando lo ponemos en el contexto de la interacción del ser humano con su universo hay cosas que no puede explicar.

¿Por qué Gandhi se empeño en la búsqueda de la libertad del ser humano durante toda su vida, aún con un ejército de personas en su contra? ¿Fue la líbido la que lo impulsó? ¿Fue su energía sexual sublimada hasta las últimas consecuencias? ¿Por qué Hitler mató y condenó al sufrimiento a millones de personas, trabajando para ello sin descanso durante casi toda su vida? ¿Sólo por su trauma infantil? ¿Sólo por su psicosis, por su paranoia?

Algo nos falta.

Hay algo que va más allá de nuestro cuerpo, nuestra mente y el devenir azaroso de tiempo.

Cuando era niña rezaba, y cuando rezaba le pedía cosas a Dios cosas de niña. Por favor quiero tal juguete, o que no existiera más la escuela. Nada de eso se cumplía.

Con los años me fui dando cuenta de que las cosas que pedía estaban mal pedidas, y que era una suerte que no hubieran ocurrido. Por ejemplo, si la escuela hubiera dejado de existir no hubiera conocido a mis mejores amigos. Podríamos decir entonces que Dios me daba lo que yo necesitaba, y yendo aún más lejos, que él sabía mejor que yo misma lo que deseaba. De esta cuestión me fui dando cuenta gradualmente, y seguí pidiendo cosas que Dios no me dio, y él, por su parte, continuó dándome otras cosas distintas que en cuanto más pasaba el tiempo más se demostraba que eran mejores que las que yo había pedido.

Hasta que llegó mi “madurez” intelectual, algo así como mis veinte años, y dejé de pedirle cosas a Dios, porque total, le pidiera o no, siempre pasaba lo que tenía que pasar. Y entonces leí a Freud y todo cuadró. Claro, entonces si el hombre había creado a Dios, esa era la razón por la que no se cumplían mis plegarias. Me hice Freudiana, creí que todo dependía de mí misma, que me auto gestionaba, todo empezó a ser por mi propio mérito, y funcionó bien. Hasta que pasados varios años me empecé a dar cuenta de que todo iba bien pero no muy bien, ni tampoco excelentemente bien. Todo andaba como siete puntos, estándar, aprobado pero no destacado, y sin grandes males, porque era cuidadosa y tenía todo bajo control. Hasta que las cosas se empezaron a estancar y a ponerse chatas. ¿Qué me faltaba?

Un día en que estaba ya cansada de dar vueltas siempre en el mismo lugar, me acordé de la época en que Dios me daba sorpresas, y entonces le pedí que me llevara a dónde tuviera que ir. Fue sólo dar la vuelta a la esquina y encontrar a alguien que cambió por completo el trabajo que había tenido hasta entonces. ¿Sería la famosa casualidad?

La cuestión es que a partir de ese entonces pedí muy pocas cosas, no exactamente a Dios, quizás sí a lo que él representa, que empecé a intuir era más bien algún tipo de “energía” (a falta de otra palabra mejor para definirlo) que circula entre seres y objetos, pero con más fuerza en los seres inteligentes, que tuerce las probabilidades de azar más allá de su propia naturaleza.  

Entonces pedí cosas muy de vez en cuando, y además de pedirlas también hice todo lo que estaba en mis manos para lograrlas. Porque una vez más por pura intuición, y luego por las estadísticas mismas, las cosas se cumplían sólo cuando ponía todo de mí para lograrlas.

Pareciera ser que cuando le pedimos a Dios, a la energía del cosmos, a Jesucristo, a Gandhi, a la madre Teresa, o por qué no al mismísimo Freud que nos ayude para conseguirlo, es como que una cosa retroalimenta a la otra. Las dos cosas son necesarias. No podemos pedir y esperar sentados, ni tampoco trabajar como locos en algo sin creer en ello, sin que de alguna forma algún ente superior conspire con nosotros para que lo logremos.

Con ambas cosas en funcionamiento todo parece funcionar mejor.

Tengo una intuición de por dónde viene la cosa. O lo podría decir más a lo grande: Tengo una teoría.

Hay algunos elementos en el ser humano, y quizás también en todos los seres vivos que son los que más se acercan a esta energía impulsora.

La más primaria y también efímera es la emoción. Cuando algo nos emociona de alguna manera, un proyecto, una persona que conocimos, un lugar, un edificio, en fin, lo que sea, es el primer indicio de que alrededor de esa persona o cosa puede suceder algo bueno. Pero aún no sabemos qué, es indefinido. Es más, si sólo nos quedáramos en la emoción primaria puede que esta se esfume en un lapso de tiempo relativamente corto y no iríamos más allá de ese primer paso. Esta es una característica natural de la emoción: no es permanente, funciona a fogonazos, por eso cuando aparece hay que aprovecharla.

El segundo elemento de le energía impulsora es la inspiración. Esa emoción del comienzo nos tiene que llevar a algo más que conocer el objeto y emocionarnos con él. Nos tiene que llevar a dar el salto a la creación de algo nuevo que antes no existía, o al menos a un proyecto de algo nuevo.

Y el tercer elemento es la devoción. Cuando nos hayamos emocionado y nos hayamos inspirado para hacer algo, entonces se nos van a cruzar muchas otras cosas en el camino. Dificultades, pero muchas más veces, distracciones. Va a haber una resistencia a que lo logremos, una especie de contra energía que por supuesto también existe. Y aquí no alcanza con persistir, ni tampoco con ser fiel, hace falta ser directamente devotos de nuestro impulso, para incluso entender que a veces es necesario desistir para luego retomar, o que a veces es necesario hacer las cosas por etapas, que no todo se puede lograr de un plumazo, que muchas veces hay que recorrer un camino, o permitir que las cosas maduren.  Nuestra devoción es lo que hará que al final condigamos lo nuestro, eso que tanto anhelamos.

Y al final hay una especie de carta mágica. Una especie de antídoto contra la frustración. Algo que envuelve a los tres elementos de la energía impulsora y los hace mucho más fuertes. Una especie de modo a prueba de fallos.

Recuerdo que en los tempranos años ochenta había un juego de cartas que se llamaba las mil millas. En él los jugadores iban sacando cartas que les indicaban cuantas millas avanzar. Te podía tocar la carta de 25 millas, la de 50, la de 75 o la de 100, y además había cartas especiales. Una de esas cartas era “a prueba de pinchaduras”, y otra “as del volante”. Pero había una carta que pasaba por encima de todas las demás y esa era “prioridad de paso”.

La carta prioridad de paso para nuestra energía impulsora es el perdón. Y no hablo de perdón en sentido religioso o moral. Hay que entenderlo en un sentido energético. Cuando perdonamos es casi lo mismo que en informática resetear, hace volver todo a cero, desaparecen los errores y la energía negativa que arrastrábamos. Nos saca el peso muerto detrás de nosotros.

Entonces: emoción, inspiración, devoción son los tres elementos que conforman una intuición de esa energía que mueve a los seres humanos a poder torcer el azar más allá de las estadísticas. Todas ellas cruzadas por la carta blanca del perdón.

Por supuesto también existe la cara negativa de esta energía y de hecho ha sido usada en la historia de la humanidad en incontables oportunidades, pero este es un terreno pantanoso que dejaremos para otra oportunidad.

Volviendo al principio, en algún punto llegará alguien y nos explicará científicamente cuál es la naturaleza de esta energía, entonces  daremos una vuelta de página y entenderemos mejor al ser humano, daremos el salto al siguiente paradigma. Mientras tanto tendremos que conformarnos con estar en una especie de nexo entre paradigmas. Sabemos que esta energía impulsora existe, pero sólo empíricamente, por conocer sus efectos. Y podemos usarla con mucha prudencia y discreción, pero aún nadie inventó el método para medirla, y creo que para eso aún falta mucho.


Pasadena, California - July 2019