LA MAQUINA INFERNAL

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La maquina infernal
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La máquina infernal
Aldo Stukamaro
Relato
11



La máquina infernal - (Fragmento)

Dentro del puente de mando todo se veía con una placidez irreal. Las columnas de humo se levantaban sobre la ciudad, pero el ruido de las explosiones no atravesaba los gruesos cristales diseñados para resistir la metralla.

El segundo al mando, el capitán de navío Isidro Fontenla, miró a estribor. Allí estaba el Canarias, crucero gemelo del barco en el que servía y, un poco más lejos, el Cervera, otro crucero más antiguo. A su lado, el comandante esperaba la orden para atacar con la mano sobre el teléfono. Cada tanto levantaba el auricular y le preguntaba al oficial de comunicaciones si la radio aún funcionaba.

El plano de Málaga estaba desplegado sobre la mesa de operaciones con los objetivos marcados dentro de círculos rojos. Isidro sabía que dar en ellos era una lotería. Los cañones del Baleares tenían alcance de sobra, pero no había visibilidad suficiente para ajustar la puntería, y a cada disparo derribarían media docena de casas.

Después de horas de incertidumbre el teléfono sonó. El comandante levantó el auricular de inmediato y una voz se oyó con claridad en todo el puente de mando: «Las fuerzas nacionales controlan la situación. No es necesario el apoyo de la artillería desde el mar».

Isidro suspiró. Podrían dejar de apuntar los cañones a la ciudad para ir en pos de objetivos más loables. Sin embargo, el comandante no parecía conforme. Golpeó el auricular con fuerza al volver a dejarlo en su sitio.

—Los italianos han entrado con sus tanquetas y se han llevado todo el mérito. ¿Y dónde están los nuestros?

—Por suerte ha sido rápido —dijo Isidro—. Las batallas urbanas pueden hacerse eternas.

—¿Y qué esperaba, Fontenla? Esos milicianos no son tropas, son campesinos disfrazados.

Isidro intentó encontrar el comentario adecuado, pero no le fue posible. Desde que el barco había partido de Ferrol, hacía mes y medio, el comandante estaba irascible, lo que hasta un punto era natural: la guerra no dejaba que ningún corazón latiera a su ritmo normal, pero, aun así, el deterioro en la actitud de su superior le preocupaba.

Esa noche, mientras releía en su camarote la crónica que su tío había escrito sobre la guerra de Marruecos, llegó una orden: «Cortar la retirada de las tropas rojas que huían por la carretera de la costa».

Isidro se preguntó por qué nadie podía ejecutar esa tarea desde tierra. Los barcos estaban pensados para luchar contra otros barcos y, en todo caso, podían batir objetivos fijos con su artillería, ¿pero cortar la retirada de un ejército? Era ridículo.

Un minuto y medio después, se presentó en el puente de mando. Parecía que el humor del comandante había cambiado. Estaba dando órdenes al timonel y a la sala de máquinas.

El barco comenzó a trazar un giro cerrado a estribor, lo que provocó una escora que obligó a los oficiales a sostenerse de donde pudieran. A pesar de que era noche cerrada, Isidro se imaginó la línea del horizonte, engañando al cuerpo para evitar que se inclinara de forma inútil. Sin sostenerse de ningún sitio, acompañó el giro de la nave, sintiéndola bajo sus pies. Poco después navegaban a treinta nudos surcando el Mediterráneo cual delfín gigantesco, sin el más mínimo cabeceo, tal era la estabilidad del crucero.



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