La vida a los catorce años

LA VIDA A LOS CATORCE AÑOS



La vida a los catorce aņos. Novela. Fernando Fontenla Felipetti
La vida a los catorce aņos. Novela. Fernando Fontenla Felipetti
La vida a los catorce aņos. Novela. Fernando Fontenla Felipetti
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La vida a los catorce años
Fernando Fontenla Felipetti
Novela
320

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La vida a los catorce años - Fragmentos:

En esa época Quilmes era Quilmes y Rivadavia era Rivadavia. Los que la conocieron en ese entonces o antes sabrán de qué les hablo. No era una calle peatonal cualquiera, era la mejor de todas, aunque nosotros no lo supiéramos porque era la única que conocíamos. Con el tiempo me di cuenta de que la gente de Quilmes era la única de todo el Gran Buenos Aires que no necesitaba ir a la capital para nada. En Rivadavia había de todo. Pero lo mejor era el ambiente. No sólo los alumnos del Mosconi pasaban por allí, lo hacían los de todos los colegios, les quedara de camino a sus casas o no. Estatales, privados, de curas, y de monjas, a las seis de la tarde todos recorrían Rivadavia. En cada cuadra había una o dos disquerías que sacaban los parlantes a la calle. Era como tener una radio en cada cuadra. Todavía me parece escuchar DON’T YOU FORGUET ABOUT ME de SIMPLE MINDS en la cuadra entre Brown y Lavalle. En las esquinas los tarjeteros de los boliches repartían invitaciones para ELECTRIC CIRCUS, SUMMUN, ELSIELAND y CUERNAVACA. Esa también fue la época de oro del ambiente de las discos...

...La palabra que se me escapa de los labios para describir el taller del Mosconi es lúgubre. Consistía en un par de casas de principios del siglo XX unidas por un galpón gigantesco y varios galpones menores. Los galpones más chicos se insertaban en el más grande a distintas alturas, comunicados por escaleras y por pasillos aéreos de estructura metálica. Dependiendo de en qué sector anduvieras parecías estar en una fábrica antigua, en un conventillo de la boca, o en una villa miseria. La excepción era el taller de carpintería que ocupaba el que había sido el lujoso salón de la antigua casa de la esquina de Lavalle y 9 de Julio. Era el único que tenía calefacción y una iluminación aceptable, aunque desde afuera parecía una mansión ocupada por vándalos que estaban aserrando los muebles. El resto de los talleres estaban dotados de pequeños ventanucos que dejaban entrar muy poca luz y a veces ni eso. Por aquí y por allá, a las perdidas, había algunas lámparas de cuarenta vatios que proyectaban las sombras de las máquinas dejando muchos rincones oscuros.

Cuando abrían el portón entrábamos a un patio que era casi idéntico al que se ve en las fotos de Auschwitz. Nadie hablaba. A esa hora y en ese lugar el jolgorio de las clases de la tarde parecía lejano. El ambiente de campo de concentración les sacaba el ímpetu hasta a los más quilomberos.

Esa mañana nos pidieron que nos formáramos por división y tres profesores se pararon al frente, como jueces a punto de dictar nuestras sentencias. No hubo himno ni canción a la bandera. La celeste y blanca subió en silencio, y sólo cuando llegó a lo más alto el sol de la mañana la iluminó permitiendo distinguir sus desteñidos colores...

...Supongo que en cualquier colegio todo el mundo está desesperado por salir lo antes posible, pero en el Mosconi la cosa pasaba a un nivel superlativo. En el taller sobre todo, los profesores te hacían guardar las cosas con mucha antelación. Nos hacían formar cerca de la puerta de cada taller y luego ellos mismos relojeaban lo que pasaba afuera entreabriendo la puerta para asegurarse de que ninguno de los otros profesores se les adelantara. Toda esa operación generaba tal ansiedad que terminábamos todos sin poder dejar de mirar el avance del segundero del reloj, y para cuando sonaba el timbre tenías el corazón latiendo a 180 pulsaciones por minuto. Era como la largada de una carrera de fórmula uno, o mejor dicho era como una carrera de demolición. Pobre del que llegara a tropezarse. Si se te llegaba a caer una carpeta, una cartuchera, o lo que fuera, podías darla por perdida. Intentar recuperarla podía significar un esguince de muñeca o un par de dedos menos. No había piedad para nadie. Estabas obligado a poner el cuerpo rígido y empujar hacia adelante antes de que los de atrás te pasaran por arriba. Para peor en algunas partes los pasillos se angostaban y allí sólo quedaba rezar. En esos lugares se liberaban los peores instintos del ser humano escolar. Era un momento de descarga natural después de haber absorbido el sadismo de los profesores. Estaban permitidas piñas y patadas, también estrolar al de al lado contra la pared, y por supuesto era el momento ideal para que algunos dejaran fluir su bisexualidad y aprovecharan para encontrar con sus manos partes interesantes de cuerpos ajenos. En esos casos no había nada que hacer, sólo quedaba seguir empujando hacia adelante para que el episodio fuera lo más breve posible...

...La guitarra, el bajo y la batería de GIT estaban sobre el escenario. Más allá se veía la cabina del disk jockey. A través del cristal transparente se podían ver bandejas giradiscos, ecualizadores, amplificadores y los equipos que controlaban las luces. Miré hacia la pista con desánimo y allí me encontré al mismísimo Roberto Rumiz. Bailaba como un descosido, como si realmente fuera la última vez y habría que aprovecharla al máximo. La chica que estaba frente a él lo miraba con cara de absoluta sorpresa, luego se daba vuelta y comentaba cosas con otra chica que bailaba detrás. Roberto se acercó para hablarle al oído justo cuando la música se detuvo. Se oyeron gritos, chiflidos y algunos insultos para el disc jockey. Las luces de la pista se apagaron y se encendieron las del escenario. Recordé el lugar dónde Diego había dicho que nos reuniéramos y al ir hacia allí lo encontré apoyado contra una baranda mientras detrás mío Alfredo Toth decía: «Buenas noches Quilmes» y empezaba a sonar AIRE DE TODOS...



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Escuela secundaria, ENET N° 1 Mosconi, taller del Mosconi, Quilmes, calle Rivadavia, 1986, 14 años, Claudio Giammarino, Roberto Rumiz, Fernando Fontenla, Preceptora la alemana, Pablo Saggio, dibujo técnico, Ford Taunus, Electric Circus, Elsieland, rock, GIT, Virus, Soda Stereo, Sumo, Los Violadores, Patricio Rey y sus redondictos de Ricota, Parque Pereyra Iraola, vodka negro, la mejor fiesta de la historia