Para el escritor

PARA EL ESCRITOR



Para el escritor, Fernando Fontenla Felipetti
Para el escritor, Fernando Fontenla Felipetti
Para el escritor, Fernando Fontenla Felipetti
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Para el escritor
Fernando Fontenla Felipetti
Relato
14


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Etiquetas
Running, Pandemia, Quilmes, Felipe Amoedo, Manuel Quintana, VW Beetle, 12 de Octubre, Saenz Peña, Cuernavaca, Nora, Siouxie and the Banshees, Lixue, Vodka negro.



Para el escritor - Fragmento:

La semana pasada ocurrió algo extraño. Alguien golpeó la puerta. No es lo habitual porque en casa hay timbre. Entonces pensé que el timbre se habría estropeado.

De todas formas levanté el auricular del portero eléctrico y pregunté:

–¿Quién es?

Nadie me contestó. En medio de la epidemia temí que fuera alguna treta para intentar un robo. Caminé hasta la puerta y espié por la mirilla. No había nadie. Y frente a casa no hay dónde esconderse. Entonces vi que en la ventanita que hay al lado de la puerta había un papel. Abrí la ventanita con la intención de tirar a la basura lo que supuse sería una publicidad, pero resultó ser un sobre cerrado que en la portada decía: «Para el escritor».

Lo di vuelta y no tenía remitente. Entonces pensé que sería una broma o una cadena de esas «envíaselo a 20 amigos y recibirás 100.000 dólares» o alguna boludez por el estilo, aunque últimamente esas cosas ya no vienen en papel sino por medios electrónicos. Solté el sobre y lo dejé caer al suelo como si quemara. ¿Y si un hijo de puta le había tosido el COVID-19 al sobre y lo había dejado en la ventanita de mi casa? Salí corriendo para el baño y me froté las manos con agua y jabón durante varios minutos. Rematé la tarea con el último resto de alcohol el gel que quedaba en el fondo del envase. Una vez satisfechos mis instintos hipocondríacos volví a dónde había quedado tirado el sobre. Pensé en agarrarlo con una pinza y tirarlo a la basura, o mejor aún lanzarlo a la calle por la misma ventanita por donde había entrado. Entonces sonó el teléfono y me olvidé del dichoso sobre durante casi una semana.

A pesar de haberme apertrechado como para una guerra nuclear, la fruta que me quedaba se terminó estropeando. Estuve dos días con ciruelas pasas hasta que decidí que era hora de salir al mundo exterior, incluso corriendo el riesgo de que la verdulera me pasara la peste.

Cuando me acerqué a la puerta para sacar la tranca ahí estaba el estúpido sobre en el suelo:

«Para el escritor»

Llevaba seis días ahí, tiempo más que suficiente para que cualquier virus muriera. La pregunta era: ¿Sería yo el escritor? Yo escribo algunas cosas, sí, ¿pero escritor?

Abrí el sobre y dentro encontré cinco hojas de cuaderno tamaño oficio cuadriculadas. Estaban escritas a mano por una caligrafía redondeada y prolija, como de maestra de primario. Y empezaban diciendo lo siguiente:

«Hola Fernando, soy alguien que vive cerca de tu casa. Me conocés, al menos de vista. Quizás incluso sepas mi nombre pero no quiero decirte quién soy. Quisiera que publiques la historia que sigue a continuación como si fuera un cuento tuyo, tengo mis motivos pero prefiero no explicarlos.»

Empecé a leer la historia con fastidio pero al final resultó que estaba bastante bien escrita, y que su contenido era al menos intrigante. Así que tal como me pidió su autor aquí la transcribo:

«El día había estado horrible, ventoso y frío. Por esa razón decidí llamar a los chicos y suspender el partido de fútbol programado para esa noche. Sin embargo, cuando el sol ya caía, me sentí encerrado. El día me parecía desperdiciado y pensé que si no había partido, al menos podía salir a correr unos minutos para sacarme la mufa.

Ni me molesté en cambiarme y salí con la ropa que tenía puesta, quizás estaba demasiado abrigado pero cuando entrara en calor pensaba volver. Al doblar la esquina el viento me dio de frente y me hizo estornudar. Corrí a un ritmo bastante alto para entrar en calor lo más rápido posible. A las ocho cuadras ya me había aclimatado y decidí que era tiempo de volver. Doblé en la calle Amoedo y cuando estaba por llegar a la siguiente esquina vi que alguien venía corriendo en sentido contrario. Era una chica que como yo tampoco iba vestida como para correr. Más bien parecía ir al trabajo y estar corriendo para alcanzar el colectivo. Con el brazo derecho sujetaba una cartera contra su cuerpo, intentando evitar que se balanceara con la corrida. Mi intención era volver a girar en la esquina, para tomar la calle Manuel Quintana y volver a casa. Así lo hice, pero me llevé una sorpresa cuando la chica que ya estaba a punto de cruzarse conmigo también giró en la misma dirección. Pensé que íbamos a chocar, sin embargo apenas llegamos a apoyarnos hombro con hombro, y cuando volvimos a estabilizarnos se dio la curiosa situación de que quedamos los dos corriendo ambos a la par. No pude evitar reírme ante el insólito suceso y miré a mi nueva compañera de running...