Se va 1989... Sebastián Fontenla Gil

SE VA 1989...


Por Sebastián Fontenla Gil

Eramos muy chicos. Sebastian Fontenla Gil
Eramos muy chicos. Sebastian Fontenla Gil

TDK C- 90 símbolo de una época, doble casetera Noblex comprada en “Del Campo y Martín” sobre la calle 12 de Octubre, donde Benito te vestía y Jove te calzaba. A la vuelta “Beirut”, un viejo almacén de ropa de señor convertido en vivienda familiar y luego en mítica sala de ensayo. Una esquina de techos altos y pisos de madera que fuera el escenario de juegos infantiles y aventuras adolescentes. Hoy sigue allí como dependencia familiar, con sus paredes anchas y sus vidrieras convertidas en placards almacenando latas de pintura y utensilios en desuso.

Beirut fue la esquina donde pasó todo lo que nos tenía que pasar, el primer escenario, el lugar donde enchufé por primera vez un bajo, donde Lele aporreaba (sin autorización) la vieja batería Colombo color madera de Tincho y jugábamos a que éramos estrellas grabando canciones deformes, utilizando el comando “pausa” del equipo para acelerar la velocidad de la cinta y dar con efectos sonoros elocuentes. La cortina exterior siempre cerrada reposando sobre la placa de mármol blanca inclinada. Esquina de barrio, centro de reunión, tardes y noches sentados filosofando sobre todos los sueños que años más tarde abandonaríamos (como corresponde, como Dios manda).

Intersección de dos calles que agrupan a bandas de chicos que crecen y molestan a los viejos en horas de la siesta, y luego juegan carreras de bicicletas, y después pelotean a portones devenidos en arcos monumentales, y un día descubren a los Sex Pistols y comienzan a ver pasar a las chicas del colegio con sus uniformes inmaculados (que hasta ese momento parecían nunca haber estado), y construyen rampas para partir tablas y alguna vez se empiezan a juntar en la previa de excursiones a la noche interminable, y por último, comienzan las ausencias por finales o compromisos de novias y familias y trabajos… y un día se van… porque hay que irse y ya no vuelven. El mármol queda vacío y ya nadie se sienta por las tardes, y el cemento (paraíso para deslizarse) vuelve a ser solo un manto gris, y el cordón de la vereda ya no es más un banco de pruebas para saltar en patinetas, y los Playmobil reposan en inertes estanterías, ya sin aventuras, sin planetas que explorar.

Beirut es hoy el lugar de ensueño que guardo en mi inconsciente. La foto de aquellos años, una utopía, un momento, todo, yo. Exploración, intento, error, ensayo. La última oportunidad que te da la vida para elegir entre estallar o desvanecerte, donde una vez un sábado por la noche el perfume lo invadió todo plantándote a un metro cincuenta del amor y a ochenta de la desdicha. Los pibes, el barrio, la esquina, Seattle, punk, rompe pincha pierde paga, gol de chilena…

El copiado rápido atentaba contra la calidad de audio por lo tanto la grabación se hacía en tiempo real disfrutando de lo que más tarde repetirías miles de veces, torturando a toda tu familia, escuchando las mismas canciones una y otra vez, manías de adolescente. Casi como los que escuchan hoy reggaeton en celulares de mala calidad… ¿Qué les divierte? Y… les divierte… (¡je!, tenés la edad de tu papá cuando usaba traje y corbata para ir a trabajar, a pesar de las Nike y los esfuerzos para que las nenas escuchen a Barbi Recanati y no jueguen con la novia de Kent, también te divertían las estupideces).

El casette original (el cual mantuve en mi poder el tiempo que pude y por el cual hoy pagaría en dólar turista, con recargo, blue y todas las posibilidades de transacción habidas y por haber) era un registro logrado a través de un minicomponente “Sanyo Fuego” y dos micrófonos (o al menos eso recuerdo) tirados en el piso. A fines de los 80' los estudios bonaerenses te cobraban una fortuna por grabar en una portaestudio Tascam de 4 canales y cinta de cromo. Esto no era garantía de una calidad mayor que intentarlo en tu casa con lo que tenías a mano y ahorrarte unos buenos mangos para invertir en algún pedal Aplausse. Así fue que el ensayo “Live in Beirut” se convirtió en un incunable. 45 minutos de un show inédito, de una banda desconocida, Violent Deed, un grupo de chicos que para mí, además de ser grandes (deberían tener 18 años), eran lo más cercano que podía tener a los héroes de revista importada que tanto me maravillaban. Los 80' y sus peinados, los 80’ y sus tónicos para el cabello, los 80' y la hiperinflación, Música Total, U2 bajo la nieve rezando por otro domingo sin sangre, Duran Duran vendiendo revoluciones los lunes de luna nueva y Robert Smith cayendo eternamente dentro de un closet para terminar (en el capítulo siguiente) siendo devorado por una araña. Todo muy anglo, todo muy sajón y paradójico, luego de la prohibición, el regreso de Piero, al pueblo lo que es del pueblo y Mercedes Sosa cantándole al barrio de Caballito.

En diciembre del 89 me encontraba terminando primer año y era un buen momento para salir al mundo, fue allí cuando cayó en mis manos la bendita grabación y… ya nada sería igual. Unos meses más tarde me encontraría cargando una “chancha” a altas horas de la madrugada (la noche en que conocí a Kuchara, otrora rebelde sin rumbo hoy abogado con BMW y extenso anecdotario) siguiendo a este grupo de extraterrestres vestidos de negro que le cantaban a la muerte y se sublevaban contra la existencia y el sacrilegio normal de ser igual a todos. Tenía dos opciones continuar con el plan (el cual finamente concretaría) o que el cable saliera del costado. El deber, y el ser… enfrentados, clásico, rutinario… Pero en el medio de todo apareció Violent y el cable se desconectó y el plan se desbarató y la tercera vía nunca llegó porque hubo una cuarta y una quinta y una undécima que finalmente me llevó a pasar temporadas en la costa con una banda de forajidos, hippies románticos outsiders y entender lo que significa hacer lo que sentís en cualquier lugar sin reproches, sin recetas, sin maquinaciones estructurales moralistas o neo cristianas. Así fue, un puñado de canciones que golpearon en el momento justo, en la persona indicada. Un fan, un chico que creció mirando Ruido Blanco y Heroes (1986) grabados en un VHS casero de alguna emisión de domingo por larde (acelerando las pausas). La tarántula de Robert Smith rodeándome, miles de tarántulas todas juntas, un enjambre, devorando todo, maniatando todo con sus telas entretejidas. Sentir, vivir hasta que te duela. Caminar sobre la línea, soñar con vos en un constante ir y venir de ansias negras, sin ver más allá, sin creer en el amor, sublevándote a todo.

Recuerdo los tirantes de 2 por 5 pulgadas del altillo lindero a Beirut arquearse ante los pasos de los borceguíes post punks que Juan Pablo portaba con autoridad, sin parar, sin dudas, pisando fuerte hacia el futuro. No volví a conocer a nadie como él. Ninguno de nosotros volvió a conocer a nadie como él. Desde ese momento sería un referente, un espejo sobre el cual mirarte, aprender, buscar, generar. Logró que todos los que lo rodeábamos nos nutrieramos de un grado diferente de cultura, descubriéramos nuevas bandas, libros, tendencias, ideas. Lo hizo sin mucho más que las ganas de existir, la energía vital que recuerdo en él, a flor de piel, sin internet, ni backups, ni streaming, ni paypal. Sólo energía y sed de conocimiento. Un chamán, alguien que rompió las estructuras clásicas de un barrio rodeado de talleres mecánicos y casas de domingos con olor a grasa de vaca y se convirtió en el foco de información, alguien a quien acudir por alguna data más, de esas que saben los que saben, que son pocos y cada vez quedan menos. Siempre estaba un paso adelante, siempre tenía un nuevo gran plan, siempre estaba a punto de lograrlo, porque ese año “se iba para arriba”. Do it yourself… punk positivo puro y concreto, inspiración, vida.

Juanpa portaba una Faim Special y un equipo Hoxon de 15 watts. Sabía exprimir el Flanger de manera tal que un compendio de baratijas nacionales podían generar el audio por el cual Johnny Marr gastaba miles de libras. Te llevaba a Londres gratis, al Manchester más sórdido, al invierno polar nórdico donde la vanguardia se une a las leyendas de Nephillims y Banshees… y luego de su mano saltabas a las frías aguas del pacífico para surfear las olas de Malibú y sentir la adrenalina habitual del ritual que nunca dejaba, el buscar más.

Juan Pablo Markulin era una estrella, la única que conocí. Merecía todo lo que luego nosotros, por cobardes o indecisos, despreciaríamos. Tuve el honor de que tocáramos juntos, ¡fue tan poco tiempo y se cortó tan de golpe!… Hoy me reprendo en no haber sido más maduro, en no haber aprovechado más los momentos, en haber sido tan ególatra y egocéntrico, ¿pero que le puedo reclamar a un chico de 20 años?. Era una estrella, la única que conocí. Se merecía todo, está en mi corazón.

Violent Deed fue una obra maestra. Una gran tormenta de revolución personal para mí y una instancia desconocida para el ciberespacio y el puñado de pocos lectores que puedan llegar a ojear estas líneas, pero termina 2019, llega el 20 y a 30 años de aquel TDK C-90 que cambiaría mi vida quería decirle al mundo lo que todos ustedes se han perdido, lo siento, pero es un tesoro personal y de unos pocos delirantes que estuvimos allí y pudimos verlos.

Quedará en un intento, vano, sin viralización, sin me gusta, sin efecto… solo un intento de plasmar en palabras un momento indescriptible, el golpe de nock-out que necesitas a los 14 años.

El domingo voy a ir a Quilmes a buscar algunas cosas que quedaron en casa, entre ellas mi primer bajo Faim, aquel que fuera del Chino (Violent Deed) y regalé y me devolvieron y volví a regalar y me devolvieron una vez más, y (cuando me robaron todo) sobrevivió por estar abandonado en el fondo de un ropero. No creo que pase por Beirut, será solo una visita relámpago, cargar unas cajas, desmontar un aire acondicionado y volver al oeste, al campo, al bosque, al sol. A unas pocas cuadras estará Beirut, el mármol blanco inclinado, la persiana siempre baja, los recuerdos, retazos de la vida que se atan, se cosen unos a otros y con los que armamos ese todo acogedor y diáfano donde siempre volver a descansar y reencontranos con aquellos que fuimos, aquellos que se fueron, aquellos que siguen estando.

Una vez en la puerta de Yuppies nos cruzamos con Javi López (Violent Deed, el mejor perfomer que vi, sí Iggy, alguien te ha superado), en esas situaciones antológicas que un buen bar de tragos y amigos nos pueden brindar (esto fue años más tarde de Violent y el “Live in Beirut” y el skate, el punk y la desdicha de un metro cincuenta). Ante su situación incierta de estar parado solo a la entrada del boliche su definición fue tan magistral como el recitado de Shine of Blue… “estoy como The Clash… me quedo o me voy…”

Se iba 1989 y llegaba el 90, Violent Deed (Juanpa/Javi/Chino/Tincho) como The Clash me invitaron a decidir si quedarme o irme….

Elegí lo correcto.


Sebastián Fontenla Gil - 27 de Diciembre de 2019