VEINTE PIEZAS... DE MIL

VEINTE PIEZAS... DE MIL



Veinte piezas... de mil
Veinte piezas... de mil
Veinte piezas... de mil
Título:
Autor:
Tipo:
Páginas:
Veinte piezas... de mil
Aldo Stukamaro
Relato
60


Veinte piezas... de mil - (Fragmento)

A fines de Marzo de 2021, me tocó redactar la noticia acerca de que la Armada Argentina había finalizado un consejo de guerra con motivo del hundimiento del submarino ARA San Juan. Escribí, corregí, pero no me quedé conforme. Volví a redactarla otras dos veces de maneras muy disímiles. Sin embargo, el resultado me dejaba un sabor rancio: no me gustaba lo que yo misma estaba diciendo.

No era la primera vez que me ocurría y sabía la causa. El sabor a mierda me venía cuando lo que escribía era pura mentira. Si se te ocurren cosas maravillosas, podrás escribir un cuento fantástico, pero si trabajás en un diario, redactás noticias y ponés fantasías en ellas, la cosa tiene gusto a mierda.

En este caso, lo único que estaba haciendo era trasladar la sentencia de ese consejo de guerra, las condenas que se habían dictado y las reacciones de los damnificados, a tres párrafos que fueran entendibles para el público de mi periódico. ¿Por qué, entonces, tanto problema?

Volví a leer las declaraciones de los acusados y luego las de los familiares de los marinos fallecidos. Parecía que nadie estaba conforme con la sentencia, lo cual no es algo inusual en un juicio en donde cada una de las partes quiere que le den toda la razón. Pero la bronca acá venía porque, salvo en el caso de quién era el responsable directo del mantenimiento del submarino a quién se había destituido, al resto de los implicados solo les habían aplicado penas de quince días de arresto que a todas luces eran simbólicas. Y como siempre, los de arriba… los de muy arriba, habían salido vivitos y coleando. Entonces empecé a releer las sucesivas noticias que yo misma había redactado durante toda la trama de la desaparición del submarino y su posterior búsqueda, que había sido larga y exasperante; búsqueda que en principio contaba con la esperanza de hallar sobrevivientes y luego solo con saber qué había ocurrido. Todo había terminado un año después con el hallazgo del ARA San Juan destrozado a novecientos metros de profundidad.

En mis propias notas encontré contradicciones a más no poder. Entonces empecé a buscar material de otras fuentes, y después de un par de días de investigación estaba completamente mareada. Encontré verdades a medias, frases escritas para decir lo contrario, párrafos para ser leídos entre líneas, hechos comprobados camuflados para parecer mentiras, amenazas veladas y, por supuesto, mentiras descaradas. Todo un arsenal discursivo para enredar los hechos hasta el punto de hacerlos ininteligibles.

Me di cuenta de que ese consejo de guerra y, en definitiva, el mismo hundimiento del ARA San Juan, eran solo la última consecuencia de una larga cadena de hechos que se remontaban a tiempos históricos y que me resultarían imposibles de entender y de abarcar porque, por más que me esmerara, siempre me iban a faltar muchas piezas del rompecabezas. Me atrevo a decir que las piezas que podía llegar a reunir eran tan son sólo unas pocas, que la gran mayoría me faltaban y que, por supuesto, me habían metido en el tablero varias piezas que no tenían nada que ver con el asunto.

Me dije que tenía que dejarlo, dejarlo correr. Podía fantasear con ser un agente del MOSAD o del MI6, pero, en realidad, yo no era nadie para desenredar ese lío. Solo podía sacar información de los medios, que estaba podrida, o peor, no sabía cuál estaba podrida y cuál no, ya que no tenía acceso a los datos reales. Lo que tenía que hacer era limitarme a escribir la noticia que me pedía el diario en seco, sin opinar, sin pensar y sin sentir. Ya lo había hecho otras veces antes y podía hacerlo ahora. Después de todo, alguna vez a todos nos toca hacer el trabajo sucio... sacar la basura… limpiar el inodoro.

Y eso hice. Escribí la dichosa noticia y el diario la publicó. Después me tomé unos días libres y me fui a ver a mi amigo Cable Pelado. Y por las dudas, o mejor dicho, de pura cabeza dura que soy, me llevé en mi portafolio las veinte pobres piezas que tenía de ese rompecabezas que parecía tener mil.


Leer relato completo en PDF: